VIOLENCIA ¿EN
EL DEPORTE?
Coincidamos en que los medios
de comunicación responden, como la gran mayoría, al poder económico y los que, por su
denominación o justificación, debieran disponer la mayor parte de su tiempo a divulgar
asuntos que eduquen y enriquezcan a los ciudadanos, parecieran ser los más preocupados
por producir superávit exclusivamente dinerario.
En ese contexto, y en el ámbito de las rutinas de los medios, no hay programa que tenga
suficiente valor para no ser desplazado por el fútbol. Así escuchamos o vemos programas
sobre fútbol a la mañana, al medio día y a la noche. Las transmisiones de fútbol, de
acuerdo a la facilidad de ventas de espacios pueden ocupar tardes y noches enteras y, si
no participan los clubes locales, no importa se conecta con alguna emisora de Buenos Aires
o de otros países.
Sabemos que el fútbol es un juego muy lindo y que atrae multitudes, pero también nos
damos cuenta que no interesa demasiado depurarlo y acrecentar su condición de deporte.
Se difunden estadísticas sobre cuántas veces perdió el equipo con el árbitro que le
tocó en suerte, se homenajea la mano de Maradona, se comprende la
"incentivación" económica y se justifican las "calenturas" violentas
tanto de hinchas como de jugadores, acrecentando las miserias human
as e insinuando factores extra deportivos que
rebelan lo irracional de la gente. En otro andarivel; algunos clubes financian las
"barras bravas", los máximos directivos descalifican a los jueces que pretenden
depurarlo y, mientras tanto, las hinchadas deben ser separadas por alambradas, como las
bestias, la policía cachearlos y evitar todo tipo de contacto para que no se maten.
¿Es esa la mejor forma de promover y jerarquizar un deporte?
Hace pocos días en un partido que se "jugaba" en un barrio de nuestra ciudad,
parece que hubo una diferencia; se produjeron más de 50 disparos con armas de fuego y
quedaron varios futbolistas tirados en el campo y un señor, que iba en bicicleta con sus
dos hijitos, fue asesinado por llevar un gorro con los colores de un club.
Parece que así es el fútbol que interesa eternizar y va de la mano con la realidad que
nos toca vivir a diario, o viceversa.
¿Eso quiere decir que tengamos que estar de acuerdo y aceptarlo? No.
Nosotros, quienes practicamos, defendemos y promocionamos los deportes amateurs y la
náutica, debemos asumir la irreversible realidad de que nuestras posibilidades de
divulgación son escasas -a pesar de que la vela ha sido el único deporte que, siempre,
ha dado a nuestro país algún campeón mundial- porque en el agua no hay tribunas y es
más rentable difundir lo que está comercializado y despierta mayor adhesión y pasión,
aunque no sea positivo para el ser humano. Y, en esto -que es una premisa que abarca todos
los ámbitos- basta observar la difusión que se le da al alcohol, al tabaco y a la timba,
a pesar de que nadie desconoce sus tremendos efectos nocivos para las personas.
El argumento de la elección popular y de su sapiencia para discernir, tampoco nos parece
válido, ya que los poderes que detentan los medios de comunicación y el marketing
manejan las elecciones de todo tipo y ha habido crueles dictadores que contaban con el
apoyo masivo de los pueblos.
Evidentemente hay una influencia de quienes detentan algún tipo de poder en las actitudes
y la educación de los pueblos.
Al margen de lo puramente material, que se da en todas partes, en Rusia es popular el
ajedrez, en Nueva Zelandia hay más barcos navegando que autos y, seguramente, estas
prácticas no producen rédito económico a ninguna persona, grupo o gobierno. Sin embargo
todo el mundo pudo ver al barco de Italia cuando, después de perder 5 a 0 en la Copa del
América, regresó al puerto con una gran bandera que saludaba a sus vencedores; y eso sí
es un ejemplo valioso que produce un rédito para todos los pueblos del planeta, mas allá
del dinero.
Y, hasta aquí, hemos querido marcar y demostrar algunas diferencias para que, cuando se
difundan conceptos críticos y se haga mención a la violencia en el deporte, no caigamos
todos en la misma bolsa y se confunda deporte con negociado.
Lamentablemente la violencia máxima, en el ámbito de los espectáculos, se ha instalado
en el fútbol, porque hasta en el boxeo en donde la agresión física es su esencia, ésta
se reduce a la
superficie del
cuadrilátero y no hemos visto que la misma se extienda hasta los habitantes y las calles
de la ciudad.
Y como la violencia instaurada en el fútbol, de una u otra forma, nos toca a todos, ésta
pasa a ser comunicada como violencia en el deporte. Y no es así.
La mayoría de los deportes no son violentos ni producen violencia, al contrario, y casi
todos enseñan a competir limpiamente, a admitir la derrota con nobleza y a reconocer el
triunfo del adversario, a confraternizar y a formar hombres que respeten reglas y
principios.
La violencia no está en los deportes, está en los ámbitos en donde se acepta la
violación de reglas sociales y humanas básicas con tal de incentivar la participación
popular (no importa en que contexto) que produce beneficios económicos.
Pero hay otros intereses y otros horizontes más ecuánimes para quienes toman enseñanza
de lo que ahora les mostramos.
Que los mercaderes hagan su comercio, pero que los responsables del porvenir inviertan
para promover y divulgar otros caminos que llevan a rumbos que están más cercanos a la
paz y a la armonía que pide la humanidad. Y compendiando estos valores fundamentales para
un futuro mejor, hay muchos espectáculos que necesitan el urgente rescate de su
deportividad para que ocupen y cumplan la auténtica función destinada a los deportes;
integrar mentes y cuerpos sanos, a competencias nobles y solidarias, que formen y
conformen un hombre mejor.
